En el Puerto de Gáliz.
Un recuerdo a Juan “el Igualeja”.




En un paraje remoto donde las provincias de Cádiz y Málaga comparten bosques, montes y arroyos, en un lugar alejado de pueblos y ciudades, en el corazón del Parque de Los Alcornocales, allí el Puerto de Gáliz.



Desde siempre -como sucede ahora- fue encrucijada de caminos y paso obligado de quienes iban y venían de las comarcas de la campiña gaditana a las serranías de Cádiz y Málaga, o de los que buscaban las rutas hacia el Campo de Gibraltar, pasando por La Sauceda y por Jimena.

Gales, Galis, Gáliz: un nombre cambiante.

Desde la conquista en 1309 del castillo de Tempul por las tropas castellanas de Fernando IV, este enclave, como sus montes y valles cercanos, pertenecieron al término de Tempul, pasando posteriormente a sumarse al alfoz jerezano tras la cesión en 1333 de estos territorios al Concejo de Jerez por la Corona.

Desde el s. XVI, tenemos ya referencias del Puerto de Gáliz. En La Carta de previlexio donando el castillo de Tempul (1351), las menciones a este lugar aparecen con la forma Gales: “(…) partiendo término de Gales con Venajssin”, se ayunta el río que sale del puerto de Gales” (1). A mediados del S. XVI, en el Libro de la Montería, existen varias alusiones a la alcaría o alquería de Gales, que da también nombre a un río. Aunque algunos autores asocian estas citas a los parajes del Puerto de Gáliz, pensamos que por la descripción del entorno que se apunta en esta obra, debe tratarse de un enclave con el mismo nombre próximo al Tiradero, en Los Barrios (2).



A finales del XV, se mantiene aún este mismo topónimo y, como Puerto de Gales figura también en los documentos y testimonios de los jueces, procuradores y medidores que visitan la zona con motivo de los pleitos que el Consejo de Jerez mantiene con el Duque de Arcos por los términos de las Cuatro Villas, a partir de 1485, y con la ciudad de Ronda, desde 1490 (3).

Como Puerto de Galis se menciona ya en 1500, en la copia del Privilegio de Cesión, en el que se describen los límites del término de Tempul y su amojonamiento y donde se alterna también este nombre con la primitiva forma de Gales: “(…)E el otro mojón va a cabo delante y esta en una syerra donde se levanta Focalcuerda, agua vertiente de Tempul e cabo adelante sube a una carera antigua a mano yzquierda desta caueza que va a ayuntarse con el camino que va de Tempul a Benafasin e dende toma un çerro ayuso partiendo término: Galis con Benahazín y es Gales de Xerez e Banahazin de Alcalá e da consigo do se ayunta una garganta que se levanta de la syerra del Algibe y se ayunta en el río que sale del Puerto de Galis(4). En 1577, en el Señalamiento de las dehesas de Montes de Propios existen ya sólo referencias al Puerto de Galis (5).

En los siglos posteriores parece consolidarse esta denominación. Un fragmento de un mapa en pergamino, datado a comienzos del s. XVIII, que es el más antiguo que se conserva en nuestro archivo, lo recoge ya como Galis (6), al igual que un curioso plano de 1729 sobre los pleitos de términos con el Duque de Arcos (7). También el primer mapa provincial de Cádiz, elaborado por F. Coello en 1868 (8), El Plano Catastral de 1897 (9) o el del término de Jerez de Lechuga y Florido (1898), mantiene esta misma forma (10). El Plano Parcelario de A. López Cepero (1904) introduce una nueva variante. "Puerto de Galli" (11) y el ingeniero Antonio Gallegos, describiendo en 1916 el proyecto de construcción de la carretera de Cortes, vuelve de nuevo a la forma más antigua para referirse a este lugar: Puerto de Gales (12).



Definitivamente, para fijar el topónimo que hoy pervive, habrá que esperar al primer mapa topográfico Nacional del Instituto Geográfico en 1917 en el que se incluye ya la forma actual de Puerto de Gáliz, que se mantiene en la cartografía posterior hasta nuestros días.

Un paraje testigo de la Historia.



Por su condición de encrucijada de caminos no resulta extraño que el Puerto de Gáliz fuese testigo en los siglos medievales de las guerras de frontera, y del ir y venir de las tropas musulmanas que guerreaban entre el Tempul y Cardela o de las cristianas que peleaban por la toma de Jimena y de la Serranía de Villaluenga. Conoció después, en el s. XVI, las escaramuzas contra los moriscos, o la rebelión de los monfíes en la zona de los Montes de Jerez y en los bosques del Aljibe y La Sauceda.

Fue testigo del paso de bandoleros, de arrieros y carboneros, de corcheros y cazadores, de contrabandistas y trajinantes. En la Guerra de la Independencia, estos parajes vieron pasar las tropas del General Ballesteros en sus refriegas serranas contra los franceses y en recuerdo de este personaje, la enorme roca de arenisca, auténtico hito natural que se levanta en el cruce frente a la venta, es conocida como Peñón de Ballesteros. Ya en el siglo XX, aún frescos en el recuerdo los bombardeos y la destrucción de La Sauceda, los fusilamientos junto al Marrufo…, el Puerto de Gáliz guarda también memoria del paso de aquellos crímenes de 1936 que esperan aún –por dignidad y justicia- ser reparados.



La venta de Puerto de Gáliz: un lugar de parada obligada.



Hoy en día, el Puerto de Gáliz continúa siendo esa encrucijada de caminos entre las carreteras que unen Jerez, San José del Valle y Algar con Cortes y Ubrique o con Jimena y Alcalá. Y presidiendo este paraje, como un faro entre los bosques de alcornoques, la conocida Venta del Puerto de Gáliz. Los actuales propietarios nos informan que ya en 1940, la casa en torno a la que se construyó posteriormente la venta, servía sus primeras viandas a los viajeros que transitaban por estos apartados lugares. A partir de 1960 amplió sus servicios y hoy es parada obligada de quien circula por estas carreteras y aún destino final de otros que quieren disfrutar del paseo y de los magníficos paisajes que nos deparan los Montes de Jerez, y los bosques de Los Alcornocales. Y es que a veces, como en el Viaje a Itaca, lo importante es la travesía y estos caminos bien la merecen si a todo ello sumamos además la estampa añeja y hogareña de esta venta que, en palabras de Elena Posa, “invita a la excursión por sí misma”, y a la posibilidad de saborear los mejores platos de carne de caza (13).


En la cercanías del Puerto de Gáliz no faltan hermosos parajes naturales y rincones con sabor serrano para disfrutar de un día de campo o de un agradable paseo por el monte: La Sauceda, El Marrufo, la Sierra del Aljibe, Los Hurones, El Tempul los Montes de Jerez, El Mojón de la Víbora, el Cerro del Berrueco… lugares a los que nos acercaremos en futuras excursiones.



Un recuerdo a Juan “el Igualeja”.



Y junto a todo lo anterior, queremos atraer la mirada del viajero hacia las ruinas de una vieja casa ubicada frente a la Venta, al otro lado de la carretera, a los pies del Peñón de Ballesteros, esa enorme roca aislada que preside el puerto y que es ya un auténtico monumento natural. Esas ruinas es todo lo que queda de un antiguo ventorrillo. El Plan General de Ordenación Urbana de Jerez de 1995 incluía esta casa, la “Casa Contreras” -como se la conocía y como figura aún en la cartografía del IGN- en su catálogo de bienes a proteger como patrimonio rural y etnográfico gracias al acierto de M.A. González Fustegueras y J. Antonio Márquez que reconocieron sus valores (14). Se quería destacar así la singularidad de esta construcción -claro ejemplo de arquitectura popular-, su especial estampa y su sabor tradicional. Los que la conocimos antes de su ruina recordamos su horno de pan, su solería de piedra de Tarifa, las vigas de madera que sostenían su tejado de teja árabe, su soberado, el pequeño emparrado de la entrada…

Pero sobre todo recordamos a sus últimos moradores: “Juan el Igualeja” y su esposa Catalina. Allí, en su casa, en la Venta “vieja” de Puerto de Gáliz servían, junto a su apacible conversación, algunos refrescos o café de pucherete o unos huevos fritos con chorizo. En ocasiones, los huevos se recogían para la ocasión en el corral de la casa y las chacinas colgaban de una alcayata clavada en una viga del techo… La casa cerró a finales de la década de los noventa, pero la recordamos vivamente. Hace casi veinte años, la última vez que visitamos la casa-ventorrillo de Juan y Catalina, con Agustín Cuello, J. A. Márquez y otros compañeros, en la pequeña estancia donde esta buena gente recibía a sus “clientes”, visitantes y amigos, podía leerse en un cartelito colgado en la pared: “Casa de Juan El Igualeja. El que tenga bulla que se vaya”. Toda una rotunda declaración de intenciones. De buenas intenciones.

Cada vez que venimos al Puerto de Gáliz, además de disfrutar de su Venta y del paseo, nos gusta acercarnos hasta lo que queda de la casa de Juan “El Igualeja”. Entre las ruinas, aún podían verse hasta no hace mucho, los restos de aquel viejo sillón donde se sentaban las visitas que no tenían “bulla”.

Para saber más:
(1) Carta de previlexio donando el castillo de Tempul. Sevilla, 30 de diciembre de 1351. Archivo de la Catedral de Cádiz. MARTINEZ RUIZ, J.: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII, Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, p. 120.
(2) Pascual Barea, J.: El Paisaje histórico de los términos de Tarifa y Algeciras según la toponimia del Libro de la Montería en el siglo XIV en El paisaje rural en Andalucía Occidental durante los siglos bajomedievales. Actas de las I Jornadas Internacionales sobre paisajes rurales en época medieval. (Emilio Martín Gutiérrez (ed.), UCA, 2009, p. 141. Valverde sitúa este otro “Gales” en el Cerro de los Gádalos, próximo a San Carlos del Tiradero, en Los Barrios. Véase al respecto-Valverde, J.A.: Anotaciones al Libro de la Montería del rey Alfonso XI, ed. J.A. de la Fuente Freyre, Salamanca, 2009. Págs. 1449 y 1452
(3) Salas Organvídez, Mª. Antonia.:Relaciones de la ciudad de Jerez con la ciudad de Ronda y villas de las Serranía de Villaluenga. (Final Siglo XV y XVI)”, en 750 aniversario de la incorporación de Jerez a la Corona de Castilla: 1264-2014, Ayuntamiento de Jerez-Universidad de Cádiz, 2014, pp. 373-382
(4) Martín Gutiérrez, E.: La identidad rural de Jerez de la Frontera. Territorio y poblamiento durante la Baja Edad Media. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 2003, p. 120.
(5) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004, p. 257.
(6) Fragmentos de un mapa de las sierras del término de ciudad de Jerez. Anónimo en pergamino. S. XVIII, AMJF. C.12, nº 4 Bis.
(7) Mapa del Término de Tempul, Anónimo, 1729, Impreso, 41 x 54 cm. AMJF. C.13, nº 26
(8) Mapa provincial de Cádiz, Escala 1: 200.000, Francisco Coello, Coronel de Ingenieros. Auxiliado por Pascual Madoz, 1868.
(9) Archivo Histórico Provincial de Cádiz.: Trabajos Topográficos. Provincia de Cádiz. Ayuntamiento de Jerez de la Frontera. Escala 1:25.000, Hoja 5, 1897
(10) Plano del Término Municipal de Jerez de la Frontera, Arreglado a la escala de 1/100.000 para la Guía de Jerez de 1897, por Antonio Lechuga y Florido.
(11) López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto. Año de 1904. Escala 1:25.000
(12) Gallegos, A.:Alrededor del pantano”, Revista de Obras Públicas Madrid, 23 de Marzo de 1916, nº 2113 Año LXIV, p. 134
(13) Elena Posa.: Cádiz Venta a Venta. Diputación de Cádiz, 1999, p.160.
(14) Plan General Municipal de Ordenación Urbana. Jerez. 1995. Puede consultarse también el Plan Especial de Protección de la Sierra del Aljibe (T.M. de Jerez). 1986.


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 03/01/2016

A la búsqueda del “alicante”.
Tras las huellas de un animal fantástico por la Sierra de Cádiz.


Herederos de aquellos animales mitológicos del mundo clásico (centauros y gorgonas, quimeras y arpías, esfinges y unicornios) aunque con bastante menos literatura a sus espaldas, perviven también en la memoria colectiva del mundo rural seres fantásticos que, mucho más modestos que los citados, han poblado durante siglos las leyendas y cuentos de nuestros pueblos. En esta amplia nómina de animales fabulosos encontramos más cerca de nosotros especies como el basilisco, el murgaño o musgaño, la tarasca, el ardacho, el culebré… Entre los más populares de nuestras latitudes se citan también otros como el gambusino o gamusino, la alicántara, el eslabón, el ardacho, el saetón, la temida bicha…

Además de compartir ese mismo “hábitat” de lo fantástico, si hay alguna característica común a todos ellos es que, desplegando su variada suerte de fieros atributos, pican, muerden, adormecen o envenenan a sus víctimas. Así, por ejemplo, se dice en Extremadura que “si te pica un murgaño no vives un año”, y en la sierra de Madrid, se asegura que “si te pica un eslabón vas directo al panteón”.

De aquellos animalarios medievales, perdido en los estantes del tiempo y del olvido, rescatamos hoy el mito del “alicante”. El lector avisado tendrá que tomar, en todo caso, las debidas prevenciones ya que este curioso animal, que puebla ese territorio misterioso donde la realidad se confunde con la imaginación, es una bestia muy peligrosa que puede morder y picar a quienes se adentran en sus dominios.

Por la sierra de Cádiz, a la búsqueda del alicante.



Todo empezó hace casi treinta años, en 1985, cuando preparábamos con Carlos Bel la “Guía Naturalista de la Sierra Norte” (1) recorriendo los rincones más escondidos de las serranías gaditanas. Fue entonces cuando oímos hablar por primera vez del “alicante”, un extraño animal en cuya pista nos puso nuestro amigo Adolfo Etchemendi, quien por entonces trabajaba como maestro en Zahara. Desde el primer momento, nos fascinó aquel ser misterioso y enigmático que “habitaba” en el imaginario colectivo de los pueblos de la sierra, uno de los últimos representantes de esa zoología fantástica, a mitad de camino entre lo legendario y lo real. En la memoria popular se guardaban los relatos de encuentros con “el alicante” que habían transmitido cabreros y cazadores furtivos, leñadores y carboneros, bandoleros, arrieros, rebuscadores que recorren los montes con su saco de arpillera… Quienes andaban por los parajes más abruptos y recónditos de la sierra, tarde o temprano se arriesgaban a cruzarse en el camino de aquel misterioso y peligroso animal que la superstición había mantenido vivo durante siglos.



Poco tiempo después, en las proximidades de Arroyomolinos, tuvimos la suerte de encontrarnos una tarde con S. T., un pastor zahareño quién nos aportó curiosos datos y dichos sobre las creencias populares en torno al “alicante”, nos puso al tanto de los riesgos a los que quedábamos expuestos en un hipotético encuentro con aquel animal y completó la información que Adolfo nos había facilitado acerca de su fisonomía y de los “lugares” en los que habitaba. Desde entonces hemos seguido su pista por los rincones más ásperos y anfractuosos de la sierra y, cada vez que cruzamos por el interior de un bosque, o cuando caminamos por pedregales y riscos, siempre que caminamos solos por lugares apartados y escondidos… tememos encontrarnos con el temible “alicante”.

Un enigmático animal.

Sobre este extraño animal se han publicado varios estudios entre los que destacamos el de José Gilabert Carrillo, “La alicántara, el alicante y el saetón” (2), una deliciosa investigación sobre algunos de estos seres de leyenda que pueblan nuestros montes, que recomendamos al lector curioso, y que nos ha sido muy útil para completar los datos que recogimos de primera mano en distintos lugares de la sierra de Cádiz. En la serranía de Grazalema y también en otros puntos de Los Alcornocales, el imaginario popular, asocia al “alicante”, mayoritariamente, con un reptil. Es curioso como cazadores, pastores, y lugareños (habitualmente personas mayores) afirmaban haberse tropezado en alguna ocasión con él. Y no es extraño que así sea, como veremos más adelante.

Algunos refranes serranos están dedicados a este curioso animal. Se dice por ejemplo que “si la víbora corriera y el alicante viera, nadie a la sierra fuera”, existiendo también la variante que afirma que “si el alicante viera y la víbora oyera, no habría hombre que al campo saliera”. Otro dicho, nos pone en la pista de que el alicante carece de patas: “si el alicante viera y corriera, nadie a la sierra fuera”. Entre las características físicas más destacadas de este “animal”, las diferentes descripciones parecen apuntar a una serie de rasgos que se resumen en: cuerpo



alargado y cilíndrico, ápodo (o con patas muy cortas), desplazamiento reptante, peludo (en la mayoría de los casos), dentado… y -en muchas descripciones- ciego. Su principal mecanismo de defensa es la picadura o mordedura que, según las distintas fuentes, pueden llegar a ser venenosas y aún mortales. De ahí el dicho conocido en algunos pueblos de “si te pica un alicante, busca un cura que te cante”, o el que se conoce por otras provincias: “a quien le pica el alicante muere al instante” (2)

En la primera edición del Diccionario de la Lengua (1726) encontramos ya una completa y detallada descripción del “alicante” que refuerza algunos de los mitos que aún pervivían en el siglo XVIII en el imaginario popular definiendo a nuestro animal como “(…) Espécie de culébra conocida en tierra de Sevilla, corta como de vara y média, gruessa como la pierna de un hombre, la cabeza mayor de lo que corresponde á este tamaño. Tiene muchos dientes como colmillos de gato, la piel manchada de pardo obscuro sobre campo ceniciento, y en alguna se ha visto verde claro: las labores que forman las manchas son como en la víbora. Es ferocísima, y embiste aunque no la inquieten. Su veneno es mortal, y á más de esto es tanta su fuerza, que suele despedazar y matar á un hombre. Hállase rara vez”.(3) Como ven, una descripción inquietante que más parece apuntar a un animal fantástico que a uno real.

Intentando aclarar el misterio

Como nuestros pacientes lectores ya habrán podido suponer, tras el halo de leyenda que rodea a esta peligrosa bicha, hay un animal real (o tal vez varios), deformado e idealizado por las visiones que de él se tienen en la soledad del monte, unas veces por la superstición y otras por el miedo. Entonces, ¿existe realmente el alicante?

El diccionario de la R.A.E en su edición más reciente, abandona ya aquella descripción del animal que lo situaba en las fronteras de lo fantástico, definiendo al “alicante” como “especie de víbora de siete a ocho decímetros de largo y de hocico remangado. Es muy venenosa y se cría en todo el mediodía de Europa”. Para muchos autores, esta especie se identifica con la víbora hocicuda (Vipera latastei). Por su parte, el “Larousse” lo define como “víbora de unos 80 cm. de longitud, con un pequeño cuerno blando en el extremo del hocico. Tienen el cuerpo macizo y de color blanquecino, gris azulado o pardo con manchas de colores vivos. Son muy venenosas y viven en el Sur de Europa. Especie Vipera latastei y V. ammodytes”. Esta última especie es la conocida popularmente como víbora cornuda. Paz Martín Ferrero, en su Diccionario Rural sobre el habla de los pueblos de Cádiz (4), cita a la “alicanta” como “lución en Arcos, Olvera, Facinas, Castellar y otros lugares". Dado que no consta la presencia del lución en Cádiz, la autora debe referirse al eslizón, abudante en la provincia. Se trata de un saurio de cuerpo muy alargado y extremidades muy reducidas que semeja una pequeña serpiente con patas diminutas.

Distintas fuentes (2), añaden a la lista de “especies candidatas” a desbancar al alicante de la zoología fantástica, otros ofidios como la culebra de herradura (Hemorrhois hippocrepis), la culebra bastarda (Malpolon monspessulanus) o la culebra de escalera (Rhinechis scalaris). No faltan tampoco los que consideran que esta feroz serpiente, esta peligrosa bicha, esta temible “culebra peluda”, no es un reptil sino un mamífero. El candidato a ser identificado con el alicante sería, según distintos autores (notas 2 y 5), el meloncillo (Herpestes ichneumon), tan común en nuestros montes. Un rasgo característico de esta mangosta es que las crías siguen a la madre en fila india, de modo que este “tren de meloncillos”, visto pasar fugazmente entre la cerrada espesura del monte pueda parecerse a la “culebra gruesa y peluda” a la que aluden muchas de las descripciones populares referidas al alicante.

No nos resistimos a traer aquí el testimonio que sobre nuestro miserioso animal, aporta Mauricio González-Gordon, naturalista de gran prestigio, impulsor del Parque Nacional de Doñana y de la Sociedad Española de Ornitología. En uno de los capítulos del libro dedicado a W.H. Riddell, pintor y naturalista (5), cuenta González-Gordon que cuando era apenas un joven, visitaba a Riddell en su Castillo de Arcos y, en sus conversaciones, no faltaban nunca las referencias a la caza, a los avistamientos de aves, y a los animales en general. Riddell tenía también especial interés por esas otras especies faunísticas que poblaban la imaginación de los pueblos serranos y así, señala González Gordon que “en varias ocasiones dedicamos también ratos al animal legendario “Alicante”, del que tanto él, como yo habíamos oído hablar y que los hombres del campo describían como “culebra gruesa y peluda con dientes de gato, venenosa y muy peligrosa”. Ninguno de los que decían haber visto un “alicante” fueron capaces de “cobrarlo”, a pesar de llevar escopeta cuando lo vieron reptando en el monte bajo. El no disparar lo atribuían a haber quedado “alobados”. Riddell decidió ofrecer, y así creo que lo hizo, la cantidad de cincuenta libras esterlinas a quien le trajera un “alicante”, vivo o muerto. Me explicaba que el creía que lo que en aquellos tiempos se consideraba una culebra gruesa y



peluda era sencillamente una familia de Meloncillos, caminando en fila india, enganchados unos a otros para no perderse, como es costumbre en ciertos animales de monte bajo y espeso… Recientemente he comentado el asunto con Miguel Delibes y cree, como Riddell, que el mítico “alicante” debe haber surgido de esta costumbre de ciertos animales, como los meloncillos, de andar con las crías en fila india y si en alguna ocasión se les disparaba se rompía en “trozos” que desaparecían en distintas direcciones desconcertando al cazador que huía del lugar
". Curiosa explicación de estos reputados naturalistas que apuntan una más que probable solución al misterio del alicante.(6)

Pese a todo, cuando caminamos por parajes solitarios de la sierra, cuando nos adentramos en un bosque cerrado o paseamos por el monte, cada vez que escuchamos un brusco movimiento de ramas entre la espesura, nos parece sentir la cercanía de este fantástico animal. Entonces recordamos las palabras de M. González Gordon y de W. Riddell y, con una sonrisa, seguimos nuestro camino confiando en que, pese a todo, el mito y la leyenda del alicante no se pierdan.


Para saber más:
(1) Bel Ortega, Carlos y García Lázaro, Agustín (1990): La Sierra Norte. Guías naturalistas de la Provincia de Cádiz. Diputación Provincial de Cádiz. Pgs. 73 y 101.
(2) Gilabert Carrillo, J.: La alicántara, el alicante y el saetón, 2008. http://www.lacasadelarbol.es/4AAS.pdf
(3) Diccionario de la Lengua Castellana. Tomo I que contiene las letras A y B. Madrid, Imprenta de Frnacisco del Hierro. Impresor de la Real Academia, 1726. Voz “Alicante”, p. 212.
(4) Martín Ferrero, Paz.: El Habla de los pueblos de Cádiz. Diccionario Rural. Quorum Libros Editores, Cádiz, 1999
(5) VV.AA.: W.H. Riddell. Pintor y Naturalista 1880-1946. Caja San Fernando, Diputación de Cádiz y Asociación de amigos del parque Natural de los Alcornocales. 2002. Pg. 21-23
(6) Pese a la pervivencia del “mito” del alicante, resulta llamativo que no se recoja ningún relato ni alusión sobre él en la excelente publicación de J.A. del Río Cabrera y M. Pérez Bautista, Cuentos Populares de Animales de la Sierra de Cádiz, Publicaciones de la Universidad de Cádiz. Diputación provincial, 1998.

Procedencia de las ilustradiones:

(1),(2),(4) y (5): Fotografías cedidas por nuestro amigo Jose Manuel Amarillo Vargas.
(3) http://www.fotonatura.org/
(6) http://laciguenaexpress.wordpress.com/
(7) http://naturalezaenbailen.blogspot.com.es/2012/08/familia-de-meloncillo-en-burguillos.html

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Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con El paisaje y su gente y Flora y fauna.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 25/01/2014

En este enlace pueden verse los numerosos comentarios que recibimos en su día sobe la "presencia del alicante en la sierra"
https://www.entornoajerez.com/2014/01/a-la-busqueda-del-alicante-tras-las.html

 
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